Por Cipriano Miraflores
La mayoría de los gobernantes del mundo esperan ser amados por su pueblo, parece un deseo lógico, esperado, incluso ideal. Me parece que el Presidente de la República del régimen de la Revolución más amado fue el General Cárdenas, no se diga en la Mixteca oaxaqueña, en los tiempos modernos, el más amado es Rayito de Esperanza.
Pero el amor del pueblo es veleidoso, inconstante, condicionado, de contentillo, es apasionado, y la pasión no es racional, es pura voluntad, dura poco tiempo, la pasión es poderío, fuerza, es todo o nada.
Si este amor es así, más vale alejarse de este medio, además la motivación y el sentimiento no depende del gobernante, no lo controla, no lo maneja. Por lo tanto, este método de dominación y de gobierno no es saludable.
Miren que los presidentes Zedillo y Salinas hicieron más bien que mal si somos objetivos, pero el pueblo fue indiferente con ellos, la indiferencia duele más que el odio.
Lo mejor que pueda hacer un gobernante es hacer el bien al pueblo, aunque a veces, por su bien, hay que aplicarle un remedio doloroso y nunca esperar su amor. Incluso, hacer que lo teman.
Así que es mejor ser temido que amado, qué se le va hacer. Pero en vía de mientras sea usted rabiosamente feliz y obtengalo con paz interior.







